Una solución por encima de nosotros

En el 2005 la ONU contó, por primera vez, 20 metrópolis en el mundo en las que viven más de 10 millones de habitantes. La ciudad de México es una de éstas con más de 19 millones de personas; es la segunda más grande del mundo en densidad de población mas esto no implica orgullo alguno en términos de urbanismo ya que sus pobladores no son concientes de sus afectaciones dentro y fuera de la mancha urbana, tanto para los seres humanos como para el medio natural interno y vecino. Las ciudades tienen más habitantes que las zonas rurales, tendencia que crece desde el 2007, por lo que es posible vislumbrar un mundo cada vez más urbanizado.

Las cosas ubicadas sobre suelo abierto desaparecen cuando la mancha urbana los cubre, reduciéndose significativamente los espacios vitales: suelos naturales y vegetación, fauna local, entre otros elementos necesarios para la vida del ecosistema regional, así como la recarga de aguas subterráneas que se escurren o filtran a través del suelo abierto. La ciudad tiene un porcentaje bajo de suelo natural, como parques y jardines, la mayoría es suelo aprisionado o aislado que acumula grandes cantidades de residuos que llegan frecuentemente a niveles tóxicos, lo que trae consigo la disminución de organismos, en especial de los endémicos de la región.

El suelo abierto o natural es poco y reducido en la ciudad, además que el espacio construido es mayor que las áreas abiertas y de circulación urbana lo que deja ver que estas zonas representan un terreno extenso y poco utilizado. Pensémoslo así: las cubiertas o techos tienen pocas funciones, más allá de cubrirnos de la intemperie, y su fabricación suele ser incluso desfavorable ya que al ser superficies lisas, incrementan la temperatura de la ciudad y disminuyendo el grado de humedad y lozanía o frescura porque no acumulan agua para su evaporación, por citar uno de tantos ejemplos. Esto ha llevado a reflexionar sobre la posibilidad de utilizar las cubiertas (techos o azoteas) para sustituir, en la medida de lo posible, algunas funciones de los suelos naturales.

Con esta labor, las cubiertas ganarían textura e impedirían el incremento de temperaturas extremas en verano, retendrían agua pluvial y la humedad natural de la región generando que la vegetación mejorará el clima, filtrarían contaminantes atmosféricos y partículas suspendidas. Los techos se transformarían en una especie de capa vegetal, como el sustrato o tierra, lo que reduciría y nivelaría las temperaturas extremas entre el día y la noche, además de constituirse en una protección para los sistemas de impermeabilización, prolongando su vida útil al estar aislados de los rayos UV, los cambios de temperatura y la intemperie en general. En síntesis, lo que ocurriría sería que subiríamos  a la azotea la naturaleza que cubrimos.

Por esta razón, varios países europeos establecieron las cubiertas con vegetación como una alternativa arquitectónica que amortigua y equilibra el impacto ambiental hace más de 20 años. Actualmente, muchas ciudades incluyen esta alternativa en sus planes de desarrollo urbano, de ahí que las instituciones de gobierno han aplicado estas normas o políticas en los nuevos desarrollos habitacionales, generando con ello su adopción en las construcciones existentes con el propósito de disminuir los efectos negativos que causa la edificación en general. Asimismo, existen distintas ventajas o estímulos para fomentarlo en construcciones de interés social o propietarios de escasos recursos.

Las azoteas verdes están construidas en su mayoría con materiales industrializados que representan un peso mínimo y aseguran el adecuado flujo del agua pluvial para la vegetación, así ésta y el sustrato funcionan como un ecosistema de mínimo mantenimiento. Los más de 30 años de investigación que han dado vida a estos espacios permiten en nuestros días vegetar casi cualquier cubierta. Sin embargo, las cubiertas “naturadas” no son algo nuevo, los seres humanos utilizaron este tipo de cubiertas para protegerse del calor o frío, entre otras inclemencias, desde hace siglos en distintos continentes y en construcciones variadas con técnicas sencillas pero funcionales y eficientes, en construcciones complejas y costosas.

Estas edificaciones tienen variantes, como los jardines elevados, motivados históricamente por el gusto de poseer uno de estos de camino inmediato al hogar, por vanidad de darse un placer especial o bien para demostrar riqueza y poder. Otras variantes se han dado en función de las manifestaciones religiosas o filosóficas de su tiempo: en la prehistoria hubo diferentes significados en el culto y edificación de tumbas; en Roma fueron un lujo; en las ciudades islámicas simbolizaron el paraíso; durante el Renacimiento representó la superioridad del hombre sobre la naturaleza; y en el barroco instauró un recurso para propiciar una atmósfera deseada como lo hiciera en el naturalismo decimonónico.

El concreto armado dio un giro en la historia de las azoteas verdes, alcanzando un momento determinante. La instalación compleja, laboriosa y costosa, pasó a ser accesible para mucha más gente y con espacios más generosos. Desde entonces, la popularidad y difusión de este tipo de cubierta crece constantemente. El empeño de los tiempos modernos es crear espacios de alta calidad y mejor aprovechamiento en las azoteas. La pérdida masiva y drástica de la naturaleza intensifica la necesidad y preocupación de verdecer las azoteas.  
1 2 3

Related Posts